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viernes, 2 de julio de 2010

Primer aniversario

29 de junio de 2010, Barajas, esperando a embarcar en el avión que me llevará a Londres después de una noche corta y un largo (y por una vez provechoso) día de reuniones en Madrid. Por todo equipaje llevó un maletín con un libreta, un boli Bic, tarjetas de visita, un libro de relatos de Bolaño, mi pijama, mi cepillo de dientes, una muda, una corbata y una camisa. He podido adelantar mi vuelo de regreso y llegaré a las once de la noche de este martes.

Y entonces caigo en la cuenta.

29 de junio de 2009, sólo hace una semana que he vuelto de Estados Unidos. Casi a media noche llego a Gatwick con dos maletas para instalarme indefinidamente en Londres y empezar el 1 de julio mi nuevo trabajo. Me pagan dos semanas de hotel; como la experiencia es un grado, Arnaud un buen amigo e internet una herramienta de gran utilidad, al día siguiente ya nos hemos decidido y el día 11 me mudo al 16 de Lloyd Street.

Un año.

Y en la misma fecha hago el mismo vuelo. Con mucho menos equipaje. Con más familiaridad. ¿Quizás en una metáfora de lo que ha sido o ha significado este año?

No lo sé. No sé cómo me siento con respecto al año pasado aquí. Ni siquiera sé si me debería sentir de algún modo con respecto a esto.

Antes de embarcar, me llega un email de la agencia inmobiliaria. Tras varios e insulsos intercambios, nos proponen un aumento del alquiler del 8% para renovar el contrato de arrendamiento, en lugar del 10% propuesto inicialmente.

Contesto que sí y subo al avión.

sábado, 19 de junio de 2010

Mi nuevo juguete

Tengo un nuevo juguete. Desde hace un par de meses poseo una bicicleta. Una Charge Plug modelo 2008 en bastante buen estado, comprada de segunda mano, por menos de la mitad del precio original a alguien que posiblemente la había robado. Aquí va una foto de catálogo de Antonia, la misma que tengo de fondo de pantalla en mi teléfono móvil:

Me decido a escribir este post porque esta semana, por primera vez desde que la tengo (mediados de marzo, justo antes de ir a Colombia), he ido a trabajar todos los días en bicicleta. Pertrechado con mi casco y una cazadora rojo chillón, tardo unos 20 minutos en hacer el recorrido entre la puerta de casa y el garaje de la oficina por un recorrido que evita al máximo calles concurridas.

Es justo lo mismo que tardo en tube, pero con menos calor y apretones, y ahorrándome los ₤1.80 por trayecto (a este paso, cuando la haya usado unos 60 días, estará amortizada). Además, me da el aire, me despierto por la mañana y hago incluso un poco de ejercicio – la cantidad mínima diaria recomendada por Fuster para evitar problemas cardiovasculares y de cualquier otro tipo.

Lo cierto es que al principio estresa un poco circular en bici por Londres, pero uno se acostumbra rápido. Sobre todo porque hay muchísimas bicis que hacen legión y los conductores motorizados están acostumbrados. Realmente hay una cantidad de ciclistas impresionante, algo que nunca había visto antes. Según Transport For London, se hacen 500.000 desplazamientos diarios en velocípedo, lo cual tiene su coste también en número de víctimas (nueve en 2008).

Parece ridículo que en una de las capitales menos planas, con peor tiempo, más extensas y con un excelente servicio de transporte público, la bici tenga tanto éxito. Por supuesto todo a la manera anglosajona: nada de carril bici dedicado ni, por ahora, sistema de bicis en préstamo del ayuntamiento (como por ejemplo en París, otra gran urbe ciclista), sino calzada compartida y reducción de impuestos para las compras de bicis de particulares. Y aun así sigue siendo un éxito. Imagino que los factores desencadenantes son el alto precio del transporte público o la densidad de tráfico en el centro.

Además, este medio de transporte no sólo permite conocer mejor la ciudad que el impersonal y autista metro, sino que sirve también para moverse en fines de semana y por ocio. Véanse por ejemplo aquí abajo unas imágenes de una excursión de domingo por Regent's Canal con Arnaud.


Hay algunos inconvenientes logísticos a todo esto.

La transpiración: aunque mi recorrido mañanero sea de bajada y no vaya excesivamente rápido, generalmente se transpira un poco. Tras varias pruebas y pese a las duchas que hay en la ofi, lo más práctico resulta ser ducharse justo antes de salir, ir a una velocidad moderada y cambiarse (sin ducha) en la oficina. Para ello tengo una taquilla arriba donde dejo un traje y algunas camisas. De momento los compañeros de desk (pupitre) no se han quejado, y eso que estamos realmente próximos unos a otros.

El alcohol: en una sociedad en que el alcohol es prácticamente la única forma de interacción social, no es raro terminar las jornadas de trabajo con una (o varias) pintas en el pub de la esquina. La vuelta a casa con dos litros de ale entre pecho y espalda se hace más cuesta arriba si cabe de lo que orográficamente ya es, no sólo por el peso del dorado líquido en el estómago sino también por el efecto de su componente alcohólica sobre la motricidad general. Tampoco he visto de momento controles de alcoholemia a estas horas, lo cual no es de extrañar, porque la poli también tiene derecho a emborracharse al final de cada jornada laboral, como todo hijo de vecino (inglés). Pero esto es materia para otro post.

El atuendo: procuro rodar en vaqueros y zapatillas de calle (la mayoría de los ciclistas londinenses van en ridículas mayas, chándal o pantalones cortos; y sólo unos pocos con mucha clase y aun mayor vestuario se permiten pedalear en traje de faena con corbata y todo), con lo cual mi look es relativamente decente, pero es cierto que si se tercia una salida a cenar, espectáculo o fiesterita un poco especial, no está uno en sus mejores galas para el acontecimiento. En estos casos es un poco coñazo porque dejo la bici en el curro y salgo en traje, y al día siguiente hago el cambio inverso en la oficina.

Finalmente, poder ir a trabajar en bici es un auténtico lujo para el particular, y también contribuye a aliviar el tráfico motorizado y todas sus externalidades negativas, beneficiando así al conjunto de la comunidad. Los únicos ligeramente perjudicados sean quizás las compañías petroleras y constructores de coches (qué pena), así como los conductores que deben aprender convivir con otros animales en la calzada. Me parece que no sólo es loable, sino también necesario que las autoridades (ya con métodos liberales anglosajones o a la manera colectivo-social europea) potencien el uso del ciclo como medio de transporte de masas núcleos urbanos.

En clave más local, es imperdonable, rayano en el pecado (para que me entiendan en la corporación municipal) que una ciudad como Valencia, con un clima magnífico, un tamaño ideal y una orografía perfecta para implantar este medio de transporte, se haya dedicado a potenciar el tráfico motorizado con la construcción de carísimos aparcamientos subterráneos, y haya despreciado la bicicleta durante las casi dos décadas que dura el reinado de Rita Barberá. Londres, Paris, Barcelona (incluso la improbable NYC) ya se han puesto con esto; Valencia con su complejo de inferioridad crónico llega tarde y seguramente mal. Seguimos esperando.

martes, 22 de diciembre de 2009

¡Atrapados en la isla!

Parece el título de una película de acción, pero es en realidad la sensación que se respira en Londres estos días. Una rara conjunción de factores (al parecer provocados por una única causa) hacen realmente difícil abandonar el Reino Unido en estas fechas tan señaladas.

1) Eurostar, el tren de pasajeros bajo el Canal de la Mancha ha sufrido unas misteriosas averías desde el viernes por la noche hasta hoy. Se calcula que hay 88.000 afectados (el Eurostar transporta a unas 20.000 personas por sentido y día), y es el medio de transporte preferido de los cientos de miles Franceses que trabajan en la City y vuelven a casa por Navidad.

2) La manida huelga de British Airways y las nevadas en todas las capitales europeas han cancelado muchos vuelos saliendo de Londres. En los que quedan no cabe ni un alfiler.

3) El temporal en el Canal de la Mancha dificulta el tráfico de los ferrys con los que se solía cruzar el estrecho. La nieve no facilita el transporte por carretera. La opción bus o alquiler de coche queda descartada.

El resultado es que varias decenas de miles de personas están atrapadas en la isla sin posibilidad de escapar. Arnaud, mi compañero de piso, debía haber viajado en el Eurostar a París el sábado por la mañana. Estamos a martes y sigue aquí. Sin posibilidad de tomar el Eurostar, intentó ayer el autobús, que no llegó jamas a la estación (3 horas de espera bajo la nieve y con un maletón de cuidado). Finalmente Ryanair ha fletado un par de aviones extras que en principio saldrán hacia Paris-Bauvais el miércoles 23. Veremos cuándo llega a su casa. Ya lleva 4 días y sólo son 150 km.

Corre el rumor por la City de que esto es un sabotaje de elementos anti-sistema del Gobierno británico para encerrar en la isla a todos los banqueros que quieren escapar al continente para cobrar allí sus bonus. Al parecer desde el anuncio de una subida de impuestos sobre este concepto retributivo ha provocado una estampida sin precedentes de los pobres e injustamente afectados empleados de banca (de inversión).

La situación se anunciaba realmente crítica. Testigos presenciales afirman que algunos, en su huida, incluso abandonaron sus Porsche y Aston Martin en plena intemperie en el frío clima londinense de estos días. El sector está tan desesperado que incluso se baraja la posibilidad de cambiar la City por la Villa y Corte.

Por el momento, estos convenientes incidentes metereo-infraestructurológicos están conteniendo temporalmente está sangría para las arcas del Exchequer (Hacienda); reteniendo en suelo británico parte de esa ingente masa salarial... al menos hasta que termine el año fiscal

Seguiremos informando/procrastinando desde Londres.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Las 7 diferencias (II): de square en square y tiro porque me toca

Distinta ciudad, diferente arquitectura urbana. Londres es una ciudad muy baja pero muy extensa. Inmensa, con calles estrechas (no existen grandes ejes de circulación), casas bajas y muchos jardines.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en esta City es que hay jardines y verde por todas partes. Lo cual no deja de ser algo anacrónico visto el tiempo que hace por aquí y lo poco dados que son los británicos a las actividades outdoor o a socializar en la calle.

Es un modelo completamente opuesto al NYC, donde existe una isla verde en medio de un océano gris - Central Park. Un remanso de paz en el corazón de la jungla de asfalto, en lo más tupido del bosque de sequoias de acero, cemento y cristal. Una evasión que dura los minutos del almuerzo, la hora de carrera por el parque o el día de paseo y picnic. Una evasión que se busca, que se persigue y se anhela. Pero al fin y al cabo una evasión: un desgarrón en continuo espacio-tiempo neoyorquino.

Y es que en Londres se atraviesan plazas con jardines y parques (con forma cuadrada o circular, squares or circuses) en todo momento: de camino al metro por la mañana, al supermercado el sábado, o a tomar una cerveza por la noche. Multitud de pequeños paréntesis naturales que se funden con la ciudad, con el egocéntrico y caprichoso urbanismo imperial anglosajón. No son cuerpos ajenos a ella sino espacios familiares, parte integrante del todo, de la cotidianidad de la ciudad.

En efecto, a pesar a mi situación ciertamente privilegiada en NYC (casi en la esquina Noroeste de Central Park, enfrente de Morningside Park y a tres manzanas de Riverside Park), me resulta curioso y agradable que cualquiera que sea la dirección que tome al salir de mi casa, paso siempre por alguno de estos jardines públicos o comunales:
- Por la ventana de mi casa, orientada al rara vez cálido y ocasionalmente soleado Sur, veo permanentemente el jardín comunal de Lloyd Square;
- Hacia el Oeste, de camino al metro de King's Cross, paso todos los días por Percy Circus (en otra ocasión contaré una curiosa historia acerca de esta plaza, la única circular de los alrededores);
- Cuando voy con Arnaud a hacer las compras al Sainsbury's del barrio o al más selecto Waitrose - ambos al Norte de casa, cerca de Upper Street - pasamos por Claremont Square;
- Las raras veces que voy a correr por los canales, en dirección Este, hacia a Victoria Park, atravieso Myddleton Square;
- Y en la ocasiones especiales o los pequeños homenajes que me doy en Exmouth Market, paso por Wilmington Square, al Sur de Lloyd Square.


Ver Lloyd Square en un mapa más grande

Nota: Los puntos azules son los squares que menciono en el texto, úsese la vista "Satalite" para observar la superficie verde.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Discretización arbitraria o de la ineficiente gestión británica de la luz solar

Discretizción, digitalización o conversión analógica-digital es, de forma poco rigurosa, el proceso de conversión de una magnitud, variable o señal de naturaleza continua en otra que adopta valores discretos.

Por ejemplo la altura de una persona o el tiempo entre dos instantes son siempre magnitudes continuas, mientras que la población de Francia o el parque automovilístico español son variables discretas, que además sólo pueden adoptar valores enteros.

Si adoptamos una postura kantiana, tomando como referencia los niveles de precisión de la percepción humana, podemos afirmar que la naturaleza presenta casi exclusivamente magnitudes continuas. Quede constancia de que esta afirmación no es plenamente satisfactoria, puesto que si descendemos al nivel atómico, hay evidencias de lo que ya intuyeron Demócrito y los atomistas en la antigua Grecia: todo en esencia es discreto.

Y sin embargo las magnitudes continuas con las que convivimos son intrínsecamente inconmensurables, y en nuestra inmensa sabiduría tendemos a simplificarlas (conversión, discretización). Ejemplo: cuando nos preguntan la edad decimos el número de años, pero raramente añadimos los meses, y nunca hacemos mención de días, horas, minutos, etc... En este caso estamos discretizando una magnitud continua para que su manejo sea más sencillo, al tiempo que intentamos minimizar la pérdida de información relevante, uno de los inconvenientes de este proceso (no es lo mismo decir que la chica nueva de la oficina mide "un metro y pico" que "un metro setenta y pico").

Esto mismo es lo que hacen todos los ordenadores y demás menaje del hogar, ya que sus microprocesadores sólo entienden y manejan magnitudes discretas.

Todo esto viene al caso de un molesto fenómeno de discretización que se lleva especialmente mal en el Reino Unido: la gestión de las horas de luz del día.

No vamos a discutir la comúnmente aceptada - pero no por ello menos arbitraria - división del día en 24 horas. Hasta aquí no hay discretización gracias a las existencia de unidades inferiores: horas, minutos, segundos, milisegundos, microsegundos, etc... Sin embargo la primera etapa de discretización llega al trazar 24 rayitas sobre el planeta Tierra que se han dado en llamar Meridianos y que definen los husos horarios y, en la mayoría de los casos, también los usos horarios.
En ese preciso instante, se decide que para un señora de Cádiz, va a ser la misma hora que para una señor de Barcelona, estando cada uno en un extremo del huso horario, habrá casi una diferencia de una hora en su ciclo solar: uséase, para el vecino de la ciudad condal amanecerá casi una hora antes que para nuestra amiga andaluza.

Si añadimos la discretización que la unidad política e histórica de Europa impone, asistimos a un fenómeno extraño: Santiago de Compostela y Belgrado comparten huso horario, pese a estar separados por más de dos "horas solares".

Todo esto no representa mayor problema si la gente esta contenta. Y convenimos que es difícil aunar descontentos por la hora: generalmente nos preocupamos por los impuestos, el salario mínimo, el paro, la sanidad pública, etc., mientras que la hora que marque el reloj al levantarnos por la mañana nos es inverosímil, como diría aquel. Se trata de una constante de de trabajo que no nos molestamos en discutir.

Algunas naciones, en ejercicio de su soberanía, y aunque con dudoso acierto, desafían al convertidor analógico-digital en estos asuntos: La francesa Oficina Internacional de la Hora, ahora dependiente de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, fija el tiempo universal coordinado (UTC, véase aquí el reloj mundial oficial) y coordina la "digitalización" de la magnitud temporal en el planeta Tierra.

El último ejemplo de esto es la Venezuela de Hugo Chávez, que en 2008 abandonó la granularidad de la discretización horaria, y retrasó los relojes media hora, cambiando su refrencia husual al meridiano que pasa por el centro del país. Que nadie piense que Chávez es un original, puesto que países del Eje del Bien ya habían tomado medidas parecidas antes: Estados Unidos -con Hawai-, Canadá -con sus islas en la costa Este-, Nueva Zelanda o Australia mantienen horas fraccionales con respecto a la UTC (refiéranse amigitos, al mapa que hemos colocado unos párrafos más arriba).


Pues bien, pese a lo que pueda parecer, esta larga disquisición no es totalmente gratuita. Viene precisamente al caso por mi reciente constatación de un hecho gravísimo que el cambio de hora de hace un par de semanas no hace sino amplificar. Analícese la siguiente imagen.
Nótese que, a día de hoy, el sol sale hacia las 7h y se pone alrededor de las 16h20.
Si reflexionamos un poco sobre el alcance de estos datos, convendremos que esto es una auténtica barbaridad. Barbaridad con mayúscula (y no por estar detrás de un punto y seguido).
Máxime si consideramos que aun queda un mes y medio de reducción de luz solar; con lo cual, el sol puede acabar poniéndose a las 15h15, cuando ni siquiera ha empezado aun la larga sección de deportes del Telediario.

Y yo me pregunto ¿a quién le importa que el sol salga cuando se está aun en la cama o en la ducha?¿y quién en su sano juicio soporta tener que ver el final del Telediario del mediodía con luz artificial? Por no hablar de tener que usar gafas de visión nocturna al salir de la oficina.

Creo que como ciudadano, como miembro de respetable dimensión (en el seno de la comunidad, quiero decir), es mi deber impedir que este atentado a la lógica y al biorritmo mundial se produzca: el Reino Unido, en su penoso, castrador y ya habitual autismo europeo, ha decidido tener su propia hora al margen de Europa. Véase de nuevo en el mapita que UK está en la misma zona horaria que España y la mayor parte de Francia y sin embargo, estos tíos insisten en tener una hora menos. El efecto inmediato es, como ya hemos demostrado, que el sol se pone a una hora ridículamente temprana, agriando el buen carácter que por naturaleza tienen los británicos, haciendo más plomizo el gris plomizo del cielo, menos llevadera la lluvia y más deprimente, depresiva, teleadicta y alcohólica la sociedad en general.

Por ello, apelo a la Declaración de Derechos Humanos, y a las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional en tanto que garantes de la misma, para que se termine con esta soberana injusticia que viola el derecho fundamental a salir del trabajo con una sonrisa en la cara y a disfrutar de las dosis de melanina necesarias para el correcto funcionamiento del organismo; por la presente entrada, declaro fundada la plataforma por el cambio de hora en el Reino Unido, por una mejor calidad de vida y el buen humor de sus ciudadanos.

Y ahora, después de un post tan largo y reivindicativo y como hace sol, me voy a dar una vuelta en bici por Primrose Hill. Como siempre, un saludo a los que hayan conseguido leer hasta el final.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Amsterdam: I will be back

Hasta la semana pasada, hacía más de 15 años que no había estado en Amsterdam. Tuve que ir por una conferencia/cursito sobre Cross-commodity trading, organizada por Energyforum.
Era uno de esos eventos en los que en realidad sólo valen realmente la pena un par de ponencias, y sobre todo sirve para ver y ser visto. Algo así como el baile de la Cruz Roja o las fiestas de Jesús Gil en el mundo de la farándula.

El caso es que pasé dos días en esta ciudad, uno de los más grandes puertos de Europa (junto con Rotterdam y Amberes forma el sistema ARA, puerta principal de entrada de materias primas en el continente y donde EDF Trading posee varias terminales de descarga de carbón).

Extraña rutina la de estos dos días de conferencia que sólo me ha permitido retener una imagen de la ciudad: hechizado por la vista desde mi habitación, observaba el cambio de luz, el ir y venir de las bagarras en esta parte del puerto. Desde las alturas del piso 19 del Mövenpick del centro, se puede observar el ajetreado tráfico del puerto al atardecer con BBC World dando el tiempo de fondo:
O escuchar por la mañana, antes de bajar al desayuno, los trenes entrar y salir de la Estación Amsterdam Centraal, auténtico dique de contención arquitectónico que separa la ciudad del puerto para mayor disfrute de los pequeños canales y mantenernos ignorantes del verdadero tráfico del puerto:
Un par de paseos, la animada noche en el cosmopolita y artificial Barrio Rojo, donde desaparece el rigor y formalidad del norte que impregna el resto de los ambientes. La sorprendente y divertida cantidad de bicis en la siempre lluviosa capital, los rutinariamente omnipresentes canales (auténticas vías de comunicación en esta Venecia del Norte), y un breve reencuentro con Leehe y Roy, excompis de SIPA y futuros anfitriones, fueron suficiente para decidir que voy a volver.

A sólo una hora y cuarto en avión. Otra ciudad que descubrir. El trabajo se acumula.

jueves, 22 de octubre de 2009

Las 7 diferencias (I): los taxis

Es curioso cómo tendemos a compararlo todo, incluso en los casos en que no hay comparación posible.

A pesar de que Londres es la más americana de las ciudades europeas o la más Europea de las ciudades americanas, no me resisto a hacer comparaciones, ya sea con NYC o con París o España. Por eso empiezo con esta entrada una serie de comparaciones llamada las 7 diferencias.

Una de las primeras que me viene a la mente es algo tan cotidiano como los taxis. Recordad los taxis de NYC, de los que ya hemos hablado aquí.

Allá todos los conductores son extranjeros, apenas hablan inglés, hacen horarios de locos y cobran poco porque trabajan para compañías que son propietarias de los taxis y las licencias, cuyo business model incluye que el taxi no esté nunca parado (dos o tres turnos diarios por coche). En cambio, aquí en Londres, los taxistas son todos blancos, de mediana edad, con sus camisas de cuadros y pantalones cortos. De hecho, es sospechoso que no se vean taxistas negros, asiáticos o browns. Los de aquí tienen un nivel de vida bastante alto: viven en el mismo barrio posh que yo: cuando salgo por las mañanas, el taxi aun está aparcado en la puerta y al volver por la noche, ellos ya han terminado su jornada. Ya sé que es una opción más si me quedo sin trabajo y quiero mantener mi nivel de vida... veremos si por mi pelo rizado o mi color de piel no consigo la licencia.

Regulados por la London Public Carriage Office, frente a la NYC Taxi and Limousine Commission, los taxistas de aquí casi siempre son dueños de los coches (21.000 taxis para 24.000 conductores, mientras que en NYC hay 40.000 conductores para 13.000 medallions, a razón de $760.000 cada uno) y no aceptan tarjetas de crédito, son muy correctos y rara vez entablan conversación.

Los 21.000 coches son todos iguales (el famoso Hackney Carriage: aunque hay varias marcas que los producen, en décadas el aspecto exterior prácticamente no ha cambiado), sin embargo pueden ser de cualquier color, y aunque impera el negro y los sobrios, de vez en cuando se ve alguno rosa o azul celeste. Los neoyorquinos en cambio, tienen muchos modelos, pero el color y la rotulación exterior deben ser idénticos.

En Londres son muy caros (lo cual explica la diferencia de nivel de vida), y aunque hay más que en NYC (21.000 frente a 13.000), son más difíciles de encontrar, sobre todo por la noche. Eso sí, dada la extensión y dificultad del trazado urbano (y el hecho de que no usan GPS, al contrario que los taxistas españoles), ser taxista en Londres requiere una cierta pericia técnica y una correcta orientación. En la Gran Manzana, es justo lo contrario, basta con saber contar y en que dirección queda el Norte para llegar casi a cualquier parte de Manhattan.

Visto el precio y la escasez de taxis por la noche, cuando se terminan los metros (hacia medianoche), el menda, pese a ser asalariado, muchas veces vuelve a casa en la excelente red de buses nocturnos alimentados con petróleo venezolano. En NYC en cambio, siendo estudiante sin ingresos, y con un metro que funciona las 24h, rascaba menos tomar el taxi al volver de juerga.

Quizás sea algo extremo, pero es muy posible que esta aversión se deba al trauma de mi primera noche en Londres, hace algo más de tres meses: nada más aterrizar en Gatwick desde Valencia, empezando a trabajar al día siguiente y con retraso en la llegada, se me ocurrió ir a Victoria (la zona más cercana al aeropuerto) en taxi: la broma salió por £98, más que el propio avión!!! Mamá, yo quiero ser taxistaaaaaa!

martes, 15 de septiembre de 2009

Fauna de Londres

Con esto no me refiero a los finance guys (traders, hedge funds managers, y semenjantes) que pueblan la ciudad, y que generalmente distinguimos por el "peluco" y el Porsche. De estos animales hablaremos en futuras entradas.

Me refiero a la fauna de verdad, la que salía en los programas de Rodríguez de la Fuente, y que habita en mi barrio, en Islington. Como nota de contraste con NYC - donde además de (1) las ardillas que tanta gracia nos hacen a los urbanitas españoles pero que se encuentran casi en cualquier sitio del mundo, nos podemos encontrar con (2) mapaches hurgando en las papeleras de Central Park o (3) ratas del tamaño de un pastor alemán correteando por la acera -, en mi calle ya he visto tres o cuatro veces a un (4) zorro (de un color naranja subido y con una cola enorme, tan tranquilo por la calle), y el otro día bajo un puente del Regent's Canal vi un (5) cisne blanco enorme, de cuento.

Curioso como al cambiar de ciudad cambian totalmente los paisajes, y la fauna (tanto animal como humana).

jueves, 13 de agosto de 2009

Incomunicado

Siento el silencio radio, pero sigo sin acceso a internet:
- En casa los plastas de British Telecom no han dado de alta aun la linea, y despues habra que contratar la banda ancha, con lo cual aun un par de semanas.
- En el trabajo, casi todas las paginas not for business estan prohibidas.
- Quizas deba escribir mas desde la BlackBerry, crear una seccion como la de The Economist con Obama. Algo asi como disquisiciones con mi BlackBerry...

Ahora mismo acabo de salir de un curso de certificacion de la Financial Services Authority, y estou aprovechando el internet de uso publico que tienen en el vestibulo. Tristeza por lo ridiculo de la situacion y lo mas ridiculo todavia del sindrome de abstinencia que sufro.

Anyway, esperemos volver pronto a la civilizacion y seguir alimentando el blog.

Mientrastanto, la semana que viene viajo a NYC para saldar una deuda pendiente: despedirme de la ciudad como es debido.

Tambien aprovechare la ocasion para ver a mucha gente que aprecio. Con el turnover que hay en NYC sera complicado volver a ver a muchos de ellos al mismo tiempo en un solo sitio. Aunque sea la Gran Manzana.

miércoles, 22 de julio de 2009

London flat searching

La experiencia de buscar casa en Londres - flat searching - es muy distinta del Apartment Hunting de NYC.

Quizás sea el hecho de tener un pasaporte que es reconocido (Unión Europea) frente a uno que es desconocido ("Spain? That's next to Bolivia, isn't it?"); o más bien el hecho de tener una nómina que presentar, frente a un montón de liabilities con la Universidad de Columbia; o también el cambio de contexto en el sector inmobiliario en el último año y la crisis de demanda en general.

El caso es que en Londres uno puede permitirse el lujo de visitar pisos a través de agencias, que se encargan de la búsqueda del piso, la confirmación de referencias, la redacción del contrato y la gestión del alquiler. Es un mercado muy dinámico y con mucha competencia, lo cual hace que todo lo anterior le salga al inquilino por la módica suma de unas £200 (unos 250 €) - recordemos que en NYC los Real Estate agents se llevan alrededor del 15% del alquiler anual, algo más cercano a los 2.000 €... Esto me recuerda aquel concepto que nos enseñaron en 8° de EGB y que tardé muchos años en comprender: la plusvalía (qué tiempos aquellos en que uno salía de primaria y ya había oído a Marx).

Y esto facilita mucho la tarea. Se pueden organizar las visitas con mayor precisión, alguien te acompaña en la visita del piso, las páginas web suelen contener mucha más información, mejores fotos e incluso planos (por ejemplo) que lo que se encuentra a través del método habitual en NYC: Craig's List.

Así pues, con la inestimable ayuda de mi flamante flatmate Arnaud (compañero de EDF, que vivió en NYC el año anterior al mío, y se vino a Londres hace un año a darle el empujón final a Lehman Brothers para que Golman Sachs rompa récords) conseguimos visitar el día 30 de junio 11 apartamentos amueblados (lo usual por estos lares) debidamente preseleccionados. Probablemente mi récord. Al día siguiente empezaba yo a trabajar. Afortunadamente vimos dos que nos gustaban mucho en la zona de Angel. Intentamos negociar el precio a la baja, y quien cedió más se llevó el gato al agua: el piso de 16 Lloyd Square (me voy a permitir poner al día mis contactos en la columna de la derecha).

Después de tomar la decisión, vinieron las formalidades tales como un contrato con más de 53 cláusulas para los inquilinos (en plan, no fumarás, no tendrás animales de compañía - borrosa definición - no colgarás cuadros, ventilarás la casa, limpiarás para que no se acumule la mierda, el contrato no se romperá salvo defunción de uno de los inquilinos, etc...); comprobación de las referencias (llamaron a los de recursos humanos de mi empresa preguntando por estatus y mi sueldo); domiciliación del cobro del alquiler, pago por adelantado a la agencia, y a los que harán el inventario a la salida del piso en el futuro, etc...

Así que dos semanas exactas después de mi llegada a Londres, entré en mi nueva casita. Esta vez no ha sido nada tan traumático como la larga búsqueda en NYC con mi estancia en la International House y mi apartment hunting...

domingo, 12 de julio de 2009

La canción del pirata: Brasileño en Londres

Moverse tanto y estar en contacto con tanta gente distinta es interesante también por ver las percepciones de los demás en función de su contexto cultural y social. Y aun más cuando se refieren a uno mismo.


Estos y más versos de La del pirata cojo (Joaquín Sabina, Física y Química, 1992, uno de sus mejores discos) - cantada en el link a dúo por Serrat y Sabina, mayores, cascados pero serenos - enumeran personajes y sitios. Yo podría escribir la mía así:

Libanés en París
Catalán en Madrid
Iraní en New Yoooooork.

En París me confundieron con un Libanés varias veces por el físico, el acento y el contexto. Recuerdo la primera vez: fue en el Bon Marché, grandes almacenes parisinos pijos e históricos, cuya traducción directa es "el barato", a los que, pardillo de mí, atraído por el nombre, fui a comprarme sábanas para pasar mi primera noche en París tras conseguir las llaves de mi buhardilla en el 43 del Boulevard Garibaldi. Parece ser que los libaneses que viven en París, son los educados en Francés en su país, generalmente gente pudiente, y clientes habituales del Bon Marché.

Presentarse como Manel en Madrid provoca dos reacciones mayoritarias: la primera es extrañeza por esa "u" que le falta al castizo Manuel y que generalmente se atribuye a un error o, mejor, una excentricidad en plan Mané. La otra posibilidad, para los más leídos y capaces de reconocer que se trata de un nombre propio en catalán, pero generalmente inconscientes del alcance que esa lengua en el territorio español, dan por sentado que soy Catalán.

En cambio, en NYC los peluqueros uzbekos que me solían cortar el pelo por $12 más tres de propina, se empeñaban en que soy Iraní. Porque hay muchos, porque siendo estudiante esperaba a tener mis rizos bastante largos antes de cortarme el pelo y me afeitaba de uvas a peras, y no sé por qué más.

Y claro, ciudad nueva, vida nueva. Aquí en Londres parece que voy a ser Brasileño. Es cierto que en Londres hay mucho brasileño (¿os acordáis de éste?), pero caramba, es que ayer sábado ya me lo dijeron tres veces: Una dependienta brasileña en el dry cleaning, un taxista nigeriano, e incluso unas turistas americanas en una pizzeria en King's Cross.

Así que supongo que el siguiente verso de mi canción del pirata es:

[...] Brasileño en Londres.