Viajero frecuente en aviones, he constatado que de unos años a esta parte es mucho menos habitual que antes encontrar en los asientos las típicas bolsitas de papel destinadas a recoger los vómitos de pasajeros mareados por las turbulencias o simplemente por el miedo a volar.
Sin ánimo de prepotencia, lo cierto es que no recuerdo haber sentido necesidad de vomitar en un avión, ni siquiera cuando he volado con resacas monumentales, con lo cual no he tenido nunca necesidad de las bolsas de papel. Sin embargo, Rowan Atkinson nos recuerda para qué se usaban.
Entiendo que las compañías low cost decidan meter tijeretazo también en el particular, pero si el desafortunado incidente se produce y hay que limpiar sus efectos, con el coste en tiempo, productos de limpieza e incluso personal (no sé si esto entra en las funciones definidas de un Tripulante de Cabina de Pasajeros, léase azafato/a y por tanto quizás haya que subcontratar). Not reallly low cost, ¿verdad?
Pero las llamadas compañías de bandera retiran las dichosas bolsitas, de manera que la razón no debe de ser puramente económica: ¿nos hemos acostumbrado más a volar y ya no nos mareamos? ¿Hay menos baches en los cielos (sin duda un efecto colateral del cambio climático y el cambio de densidad del aire y de la formación de perturbaciones)? ¿Los pilotos conducen con más cuidado (con la mayor competencia en el oficio, quizás el nive de competencia de sus artesanos también haya aumentado)? ¿O es la tecnología de los aparatos la que aporta mayor estabilidad? ¿Usamos y/o abusamos del Almax?
Pues si, esto es todo un misterio...
¿Por qué no se encuantran ya las bolsitas de papel en los aviones? ¿eh?
viernes, 31 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
L'italiano é molto facile e divertente...
Famosa frase ésta de aquel anuncio del curso de Italiano de Planeta DeAgostini. Hay alguna otra por ahí aun más ridícula, como la del anuncio de Cappuccino de Néscafé, donde ni siquiera es italiano lo que se habla ("Ma io non tengo auto, signorina!"). Como tampoco lo es lo que con evidente facilidad expele por la boca nuestro insigne ex-presidente don José María.
Pero lo que me me produce más orgullo es que acabo de terminar mi primer libro (más bien librito) en italiano: "Novecento", de Alessndro Baricco. El monólogo, que dio lugar a "La leyenda del pianista en el Océano", de Giuseppe Tornatore y que fue regalo de Ester y Andrea en una visita a París allá por 2002, por fin ha caido. En un ataque de pueril vanidad, lo he puesto puntualmente en su correspondiente sección de la columna de la derecha y no he podido evitar escribir este post.
Pues yo debo de tener veleidades similares a las de Pepe Mari, porque ya en Supélec escogí italiano como asignatura optativa, junto con otras actividades igualmente importantes como equitación, bicicleta de montaña o yoga. Y aunque las clases aquellas con el Professore Cifarelli eran una broma, algo debió de quedar. Cierto es que el italiano es aun más fácil si se habla francés y catalán, y quizás por eso se me quedaron las ganas.
De manera que diez años después, en Londres, me las he arreglado para convencer a mis jefes de que el italiano es importante para mi trabajo y por eso me dan clases. Además, con un nuevo compañero, Valentino, intento hablar italiano todos los días para practicar. Incluso el mes pasado tuve varias de reuniones de trabajo en Milán que pude hacer en italiano sin demasiada dificultad.
Pero lo que me me produce más orgullo es que acabo de terminar mi primer libro (más bien librito) en italiano: "Novecento", de Alessndro Baricco. El monólogo, que dio lugar a "La leyenda del pianista en el Océano", de Giuseppe Tornatore y que fue regalo de Ester y Andrea en una visita a París allá por 2002, por fin ha caido. En un ataque de pueril vanidad, lo he puesto puntualmente en su correspondiente sección de la columna de la derecha y no he podido evitar escribir este post.Como decía Hermida refiriéndose a los estrenos sus programas de televisión, es más importante el segundo programa que el primero. Veamos pues cuándo cae el segundo.
martes, 21 de diciembre de 2010
Personaje B: la universidad para esto...
Nuestro personaje B pertenece a la generación constitucional, por no decir post 23-F, y proviene de una familia de esa clase media que se fraguó entre el desarrollismo del tardo-Franquismo y el inicio de la democracia; Inmigrantes domésticos y conscientes del duro y largo camino a la prosperidad (que el espejismo de la burbuja inmobiliaria nos ha hecho olvidar a muchos), cristalizan su inquietud social y política mediante una modesta actividad política no profesional, en esa escala suficientemente pequeña que todavía hace albergar esperanzas por la política en este país. Pongamos el marco en algo un poco entre los Alcántara de Cuéntame o esas generaciones de Montillas y Corbachos…
Siguiendo el modelo nacional de la democracia, B benefició del sistema educativo español y engrosa ahora las filas de los titulados universitarios españoles a quienes no satisface ni el trabajo y ni la vida que cinco años de estudios y la sociedad ponen a su disposición. Pasa unos meses por Londres con la excusa de aprender inglés, se gana la vida sirviendo cafés en una cadena de cafeterías por un sueldo ridículo, y vive una experiencia intensa: el desvirgamiento, la primera erasmus.
Pero el sentido común y el camino más transitado son poderosos y vuelve al redil. Tras un corto tiempo por el recto camino, como buen culo de mal asiento, a B le pica el gusanillo y decide hacer algo diferente. Se enamora de Cuba y de los cubanos y decide dejarlo todo por la aventura. Aventura que, como muchas veces, no sale del todo bien o no es sostenible. Vuelta a casa y siga buscando.
Efectivamente, una vez la inquietud se instala en uno, es difícil ignorarla o domarla, y la cabeza sigue pensando en maneras y pretextos para conseguir la adrenalina de largo recorrido que supone la aventura en el extranjero o del camino menos transitado (que me lo digan a mí).
Surge entonces una oportunidad. Siempre las hay, para quien las busca. Enseñar su lengua en una pequeña comunidad en lo más profundo de los Estados Unidos con un visado especial para individuos con habilidades únicas (la lengua en este caso). La vida en la América Profunda es agradable pero no exenta de aventuras de todo tipo. Es una época feliz. Pero la política migratoria estadounidense es bastante dura (como las Europea, by the way). Y la experiencia toca a su fin irremisiblemente.
Sin embargo hay una posibilidad de renovación. Algo que B quiere intentar. Los procesos burocráticos son largos y tediosos, y a veces exigen plazos poco razonables. De manera que mientras espera a que se le conceda un nuevo visado E-1 para gente con "special skills", y después de unos meses en casa, nuestro personaje, ni corto ni perezoso decide volver a Londres para seguir viendo mundo y gente. Su actividad alimentaria, también en el sector servicios, esta vez se desarrolla en una tienda de ropa perteneciente a una gran cadena internacional, y su sueldo es igual de ridículo que lo fue en el pasado. Apenas lo suficiente para pagarse el (carísimo) alquiler, el sustento básico y algunos caprichos como las salidas a bares de salsa en las que nos encontramos a veces.
B está en Londres en tránsito a ninguna parte, buscando y esperando ese algo indefinido, lejano y prácticamente inalcanzable con el que muchos soñamos, que algunos se atreven a perseguir y unos pocos (dice la leyenda) alcanzan. Y todo por no transigir con el modelo habitual, el que todas las suegras quieren para sus nueros y yernas.
Decía Cavafis (a quién leo por fin sin las muletas del maestro Llach) que lo importante no es llegar a Ítaca, sino la aventura del viaje hasta la isla.
A veces el viaje parece jodidamente largo y no hay Tom-tom que valga.
Siguiendo el modelo nacional de la democracia, B benefició del sistema educativo español y engrosa ahora las filas de los titulados universitarios españoles a quienes no satisface ni el trabajo y ni la vida que cinco años de estudios y la sociedad ponen a su disposición. Pasa unos meses por Londres con la excusa de aprender inglés, se gana la vida sirviendo cafés en una cadena de cafeterías por un sueldo ridículo, y vive una experiencia intensa: el desvirgamiento, la primera erasmus.
Pero el sentido común y el camino más transitado son poderosos y vuelve al redil. Tras un corto tiempo por el recto camino, como buen culo de mal asiento, a B le pica el gusanillo y decide hacer algo diferente. Se enamora de Cuba y de los cubanos y decide dejarlo todo por la aventura. Aventura que, como muchas veces, no sale del todo bien o no es sostenible. Vuelta a casa y siga buscando.
Efectivamente, una vez la inquietud se instala en uno, es difícil ignorarla o domarla, y la cabeza sigue pensando en maneras y pretextos para conseguir la adrenalina de largo recorrido que supone la aventura en el extranjero o del camino menos transitado (que me lo digan a mí).
Surge entonces una oportunidad. Siempre las hay, para quien las busca. Enseñar su lengua en una pequeña comunidad en lo más profundo de los Estados Unidos con un visado especial para individuos con habilidades únicas (la lengua en este caso). La vida en la América Profunda es agradable pero no exenta de aventuras de todo tipo. Es una época feliz. Pero la política migratoria estadounidense es bastante dura (como las Europea, by the way). Y la experiencia toca a su fin irremisiblemente.
Sin embargo hay una posibilidad de renovación. Algo que B quiere intentar. Los procesos burocráticos son largos y tediosos, y a veces exigen plazos poco razonables. De manera que mientras espera a que se le conceda un nuevo visado E-1 para gente con "special skills", y después de unos meses en casa, nuestro personaje, ni corto ni perezoso decide volver a Londres para seguir viendo mundo y gente. Su actividad alimentaria, también en el sector servicios, esta vez se desarrolla en una tienda de ropa perteneciente a una gran cadena internacional, y su sueldo es igual de ridículo que lo fue en el pasado. Apenas lo suficiente para pagarse el (carísimo) alquiler, el sustento básico y algunos caprichos como las salidas a bares de salsa en las que nos encontramos a veces.
B está en Londres en tránsito a ninguna parte, buscando y esperando ese algo indefinido, lejano y prácticamente inalcanzable con el que muchos soñamos, que algunos se atreven a perseguir y unos pocos (dice la leyenda) alcanzan. Y todo por no transigir con el modelo habitual, el que todas las suegras quieren para sus nueros y yernas.
Decía Cavafis (a quién leo por fin sin las muletas del maestro Llach) que lo importante no es llegar a Ítaca, sino la aventura del viaje hasta la isla.
A veces el viaje parece jodidamente largo y no hay Tom-tom que valga.
Ánimo.
martes, 16 de noviembre de 2010
Personaje A: el trader
En esta nueva sección, enésima que declaro inaugurada (de las muchas que nunca he continuado) y que etiquetaré "personajes/gente", hablaré de seres humanos reales con los que me cruzo en Londres y que permitirán al lector aprehender la diversidad de la fauna local. Procuraré evitar juicios de valor en esta sección.
Empecemos con uno de los más llamativos de los que frecuento, no sin ese toque de amarillismo contagiado por la maravillosa televisión española (en minúsculas) y la prensa escrita de masas británica. Nuestro personaje A es un trader de productos energéticos de cierto renombre en la profesión, de mediana edad (digamos entre los 40 y los 50), un Inglés de toda la vida que ha pasado por varias multinacionales energéticas sin salir de Londres.
A nació en el seno de una familia acomodada, tiene algo de sobrepeso, lleva camisas de los colores más horrorosos que se pueda imaginar y se le adivina esa cara traviesa infantil que algunas personas no pierden nunca. A A le ha ido muy bien en la vida. A entiende los mercados energéticos y se ha acostumbrado a tomar riesgos. Apostó mucho y ganó aun más en estos mercados y hoy su reputación es de sobra conocida, de la misma manera que su cuenta en banco padece de obesidad mórbida por la ingestión de tamaños bonus.
Cuando no trabaja, que son muy pocos momentos del día o la noche, A colecciona coches. Le gustan los Ferraris y los Lamborghinis. Tiene al menos cinco – que yo haya visto en su plaza de aparcamiento, todos ellos de colores tan horrorosos como sus camisas y por un valor agregado superior al millón de libras. Para los indiscretos o amantes de los coches, estos son dos de los que he identificado: Murciélago y F599. Asegura que es una actividad rentable, ya que para obtener estos coches hay que hacer meses o años de lista de espera y muchas veces se venden más caros en el mercado de ocasión. Digamos entonces que cuando no trabaja de trader de energía, hace trading de deportivos de lujo, tomando posiciones habitualmente largas para especular después con el precio al alza en el mercado secundario. Imagino que el coste de cash and carry (uséase, el espacio de aparcamiento en su casa o de los seguros) es un coste hundido en este negocio…
Pero A es también jefe de un equipo. Alguien a quien le cuesta mirar a la gente a la cara cuando habla y a quién sólo se le pueden arrancar más de dos palabras seguidas si son sobre coches o relojes (ah, también hace trading de relojes). El resto del tiempo se comunica por gruñidos o mensajes de correo electrónico de entre tres y cinco palabras. Pese a tener una buena visión, yo creo que esencialmente no le gusta gestionar cosas ni gente, relacionarse con otras personas. Mientras produzca dinero, nadie dirá nada y seguirá ganando galones. Veremos el año que se le dé mal.
A también tiene contradicciones: es alguien capaz de escaquearse de la forma más vil del pago a escote de una botella pedida en un bar en una noche de exceso con otros compañeros de trabajo, y dejar pagar a pipiolos que cobran sólo una fracción de lo que él gana.
Empecemos con uno de los más llamativos de los que frecuento, no sin ese toque de amarillismo contagiado por la maravillosa televisión española (en minúsculas) y la prensa escrita de masas británica. Nuestro personaje A es un trader de productos energéticos de cierto renombre en la profesión, de mediana edad (digamos entre los 40 y los 50), un Inglés de toda la vida que ha pasado por varias multinacionales energéticas sin salir de Londres.
A nació en el seno de una familia acomodada, tiene algo de sobrepeso, lleva camisas de los colores más horrorosos que se pueda imaginar y se le adivina esa cara traviesa infantil que algunas personas no pierden nunca. A A le ha ido muy bien en la vida. A entiende los mercados energéticos y se ha acostumbrado a tomar riesgos. Apostó mucho y ganó aun más en estos mercados y hoy su reputación es de sobra conocida, de la misma manera que su cuenta en banco padece de obesidad mórbida por la ingestión de tamaños bonus.
Cuando no trabaja, que son muy pocos momentos del día o la noche, A colecciona coches. Le gustan los Ferraris y los Lamborghinis. Tiene al menos cinco – que yo haya visto en su plaza de aparcamiento, todos ellos de colores tan horrorosos como sus camisas y por un valor agregado superior al millón de libras. Para los indiscretos o amantes de los coches, estos son dos de los que he identificado: Murciélago y F599. Asegura que es una actividad rentable, ya que para obtener estos coches hay que hacer meses o años de lista de espera y muchas veces se venden más caros en el mercado de ocasión. Digamos entonces que cuando no trabaja de trader de energía, hace trading de deportivos de lujo, tomando posiciones habitualmente largas para especular después con el precio al alza en el mercado secundario. Imagino que el coste de cash and carry (uséase, el espacio de aparcamiento en su casa o de los seguros) es un coste hundido en este negocio…
Pero A es también jefe de un equipo. Alguien a quien le cuesta mirar a la gente a la cara cuando habla y a quién sólo se le pueden arrancar más de dos palabras seguidas si son sobre coches o relojes (ah, también hace trading de relojes). El resto del tiempo se comunica por gruñidos o mensajes de correo electrónico de entre tres y cinco palabras. Pese a tener una buena visión, yo creo que esencialmente no le gusta gestionar cosas ni gente, relacionarse con otras personas. Mientras produzca dinero, nadie dirá nada y seguirá ganando galones. Veremos el año que se le dé mal.
A también tiene contradicciones: es alguien capaz de escaquearse de la forma más vil del pago a escote de una botella pedida en un bar en una noche de exceso con otros compañeros de trabajo, y dejar pagar a pipiolos que cobran sólo una fracción de lo que él gana.
Edad: 45
Estado civil: en matrimonio, con varios hijos
Ocupación: trader, sector financiero
Alojamiento: detached house familiar en las afueras con sitio para todos sus coches
Salario: indefinido pero superior a ₤ 1m anuales
jueves, 21 de octubre de 2010
Original Soundtrack (11): Hill Street Blues
Porque por fin me he hecho con la primera temporada de Canción Triste de Hill Street. La madre de todas las series. Y porque he tenido tiempo de ver tres episodios esta misma noche, la primera del invierno en Londres.
Aquí va el genérico de la serie, con su inmortal melodía (compuesta por el especialista en series de televisión Mike Post e interpretada por el histórico, estupendo pero discreto guitarrista Larry Carlton).
Aunque suene a abuelo cebolleta, ya no hacen series de este calibre: la complejidad de los personajes combinada con la sencillez casi real de las historias y las miserias de su día a día desplazan casi a cualquier serie actual que se me pueda ocurrir... ¿quién da más?
Ah, y tengan cuidado ahí fuera...
martes, 21 de septiembre de 2010
Un nuevo deporte: UpInTheAiring
Vuelta de vacaciones, primer viaje de curro en casi dos meses, Madrid. Escribiendo desde la cama del nada recomendable NH Habana…
Ya se me había olvidado la liturgia de maleta, maletín, billetes de avión, taxis y trenes. La rutina de perder tres noches en casa la misma semana, la limitación de no poder quedar con gente en Londres, de no poder ver una peli tranquilamente o de comer algo hecho en casa, aunque sea pasta al pesto, de no poder ir en bici a trabajar, de tener que guardar todos los recibos en la cartera a reventar, o de soportar retrasos en Barajas…
También se me había olvidado la excitación de preparar la maleta por la mañana deprisa y corriendo, en el último minuto; de cuadrar reuniones con apenas tiempo para ir de un sitio a otro, de reservar los billetes y buscar hotel, de salir de la oficina temprano para ir al aeropuerto, de quedar por la noche con gente en Madrid, o hacer alguna compra en un rato muerto, o incluso de obtener puntos Iberia Plus. Estrés positivo lo llaman.
Y yo estoy sometido a mucho estrés positivo, el de corto plazo. Y para muestra, mi programa de esta tarde:
- 17h32: salida de la oficina en Victoria.
- 17h34: taxi hacia la estación de Paddington;
- 17h48; llegada a Paddington
- 17h54: se cierran las puertas del Heathrow Express. Esta vez he podido comprar el billete sin - recargo antes de subir al tren: generalmente llego más justo de tiempo.
- 18h14: llegada a la estación de la terminal 3, con cuatro minutos de retraso.
- 18h21: impresión de la tarjeta de embarque en el mostrador de Iberia (previamente facturado desde mi Blackberry)
- 18h33: paso los controles de seguridad y de pasaportes
- 18h41: llegada a la puerta de embarque número 3 cuando ya no quedan pasajeros por embarcar (no hacer cola aquí tiene mérito). Atasco en el finger al entrar en el avión: 4 minutos que aprovecho para conversar con Jaume por teléfono.
- 18h50 cierre de puertas, armamento de rampas y cross-check.
- [alrededor de 19h15, opcional y en función del desodorante: obtención del nombre y teléfono de la azafata]
Nótese que el menda puede coger un avión sin tener que sentarse a esperar en ninguna sala de espera. Y mejor todavía, sin correr en ningún momento. He llegado a tal nivel de refinamiento que lo he convertido en un arte, en una actividad deportiva.
De hecho es un deporte de riesgo en toda regla, porque si falla uno sólo de los eslabones, hay que correr como un poseso y hay un riesgo nada despreciable de terminar perdiendo el avión. Adrenalina, estrés positivo, y también algo de sudor, aunque no se corra. Si las cosas salen mal o hay que recurrir a la carrera de fondo con traje y maletas, se añaden maldiciones y promesas vanas de ajustar menos la próxima vez.
Es un deporte. Llamémoslo UpInTheAiring: y definámoslo como la disciplina en que se consigue tomar un vuelo y desde la salida de casa/la oficina hasta que se sienta uno en el avión (a) no se corre en ningún momento (definición de correr: separa ambos pies del suelo al mismo tiempo) y (b) no se toma asiento en ninguna sala de espera ni se pasan más de cinco minutos esperando de pie.
Tomo el nombre prestado de la película porque me es próximo, aunque reconozco que hay diferencias claras: Clooney tenía un estatus superior de viajero frecuente y se pasaba la vida el lounge de American Airlines; el menda en cambio suele viajar en económica, y la Iberia Plata sólo sirve para saltarte colas en la facturación, pero no te dan ni un croissant.
¿Quizás próxima disciplina olímpica de exhibición en Londres 2012?
Ya se me había olvidado la liturgia de maleta, maletín, billetes de avión, taxis y trenes. La rutina de perder tres noches en casa la misma semana, la limitación de no poder quedar con gente en Londres, de no poder ver una peli tranquilamente o de comer algo hecho en casa, aunque sea pasta al pesto, de no poder ir en bici a trabajar, de tener que guardar todos los recibos en la cartera a reventar, o de soportar retrasos en Barajas…
También se me había olvidado la excitación de preparar la maleta por la mañana deprisa y corriendo, en el último minuto; de cuadrar reuniones con apenas tiempo para ir de un sitio a otro, de reservar los billetes y buscar hotel, de salir de la oficina temprano para ir al aeropuerto, de quedar por la noche con gente en Madrid, o hacer alguna compra en un rato muerto, o incluso de obtener puntos Iberia Plus. Estrés positivo lo llaman.
Y yo estoy sometido a mucho estrés positivo, el de corto plazo. Y para muestra, mi programa de esta tarde:
- 17h32: salida de la oficina en Victoria.
- 17h34: taxi hacia la estación de Paddington;
- 17h48; llegada a Paddington
- 17h54: se cierran las puertas del Heathrow Express. Esta vez he podido comprar el billete sin - recargo antes de subir al tren: generalmente llego más justo de tiempo.
- 18h14: llegada a la estación de la terminal 3, con cuatro minutos de retraso.
- 18h21: impresión de la tarjeta de embarque en el mostrador de Iberia (previamente facturado desde mi Blackberry)
- 18h33: paso los controles de seguridad y de pasaportes
- 18h41: llegada a la puerta de embarque número 3 cuando ya no quedan pasajeros por embarcar (no hacer cola aquí tiene mérito). Atasco en el finger al entrar en el avión: 4 minutos que aprovecho para conversar con Jaume por teléfono.
- 18h50 cierre de puertas, armamento de rampas y cross-check.
- [alrededor de 19h15, opcional y en función del desodorante: obtención del nombre y teléfono de la azafata]
Nótese que el menda puede coger un avión sin tener que sentarse a esperar en ninguna sala de espera. Y mejor todavía, sin correr en ningún momento. He llegado a tal nivel de refinamiento que lo he convertido en un arte, en una actividad deportiva.
De hecho es un deporte de riesgo en toda regla, porque si falla uno sólo de los eslabones, hay que correr como un poseso y hay un riesgo nada despreciable de terminar perdiendo el avión. Adrenalina, estrés positivo, y también algo de sudor, aunque no se corra. Si las cosas salen mal o hay que recurrir a la carrera de fondo con traje y maletas, se añaden maldiciones y promesas vanas de ajustar menos la próxima vez.
Es un deporte. Llamémoslo UpInTheAiring: y definámoslo como la disciplina en que se consigue tomar un vuelo y desde la salida de casa/la oficina hasta que se sienta uno en el avión (a) no se corre en ningún momento (definición de correr: separa ambos pies del suelo al mismo tiempo) y (b) no se toma asiento en ninguna sala de espera ni se pasan más de cinco minutos esperando de pie.
Tomo el nombre prestado de la película porque me es próximo, aunque reconozco que hay diferencias claras: Clooney tenía un estatus superior de viajero frecuente y se pasaba la vida el lounge de American Airlines; el menda en cambio suele viajar en económica, y la Iberia Plata sólo sirve para saltarte colas en la facturación, pero no te dan ni un croissant.
¿Quizás próxima disciplina olímpica de exhibición en Londres 2012?
domingo, 29 de agosto de 2010
Coincidencias Londinenses: Yo y Vladimir, Vladimir y yo.
Coincidencias. La vida está hecha de coincidencias de todos los tipos: afortunadas, improbables, terroríficas, inofensivas, graciosas, destructoras, imposibles, catalizadoras… o simplemente incatalogables.
Una de estas casualidades me llamó la atención al poco de mudarme a Lloyd Street; pero vayamos por partes:
En 2001, en mi primera estancia en París durante dos meses y medio para hacer mi proyecto de fin de carrera en General Electric, compartí un appart en el 6 rue Marie Rose, sexto piso. Allí, pagando una auténtica fortuna por 55 metros cuadrados generosamente contados, vivimos cuatro compañeros de Supélec: Fáquer, Napo, Elena y yo; en una huida necesaria tras dos años en el bucólico campus de la escuela a las afueras de París y con la excitación de vivir por fin dentro de los confines del glamour parisino.
Casualmente, en el mismo edificio, en el portal contiguo, el número cuatro, residió Vladimir Illich Ulianov, alias Lenin, en su etapa parisina entre 1909 y 1912. Su apartamento incluso se convirtió en un museo sin pretensiones, un lugar de peregrinación para nostálgicos o idealistas fieles aun al ideario extraviado; lo que he podido encontrar en Internet me hace pensar que hoy en día muy probablemente este discreto y barato museo esté cerrado. Y es que el pensamiento único actual y la flagrante y generalizada falta de cultura reinante, necesaria para que el diseño societal que nos han dado funcione, están acabando con todo atisbo de crítica y sus huellas históricas. Hablando en plata, seguramente no han conseguido los 12.000 euros de subvención que necesitan para que funcione decentemente, básicamente porque alguien se los ha fumado.
Ni que decir tiene que ser vecinos de Lenin, para jóvenes de la generación X (la última que creció con el telón de acero aun levantado), es una coincidencia digna de mención, reveladora de que París, el lugar en el que habíamos decidido instalarnos a vivir, es realmente un lugar con mucha Historia y no menos historias.
Pues bueno, la concidencia aumenta cuando, en 2009, a los pocos días de mudarme al 16 Lloyd Square, todavía probando el camino más agradable para ir a trabajar, me encuentro a unos pocos metros de casa, atravesando Percy Circus, la siguiente placa:
Y es que el camarada Vladimir también vivió en Londres algunas temporadas entre 1902 y 1911, para proseguir su actividad política y su estudio (no sin dificultades obtuvo un pase de lector para la British Library, en la vecina Euston Road). Parece cuando menos curioso que servidor haya sido, por dos veces, en dos capitales europeas distintas y con un siglo de diferencia, vecino de este personaje histórico.
Aunque nos han repetido muchas veces que correlación no implica causalidad, también es cierto que no tiene por qué implicar casualidad. Así pues, tras un breve análisis biográfico del personaje, concluyo que es posible (sin valorar la probabilidad de la cuestión) que en un futuro no muy lejano, la City de Manel sea Zurich, Moscú o San Petersburgo.
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