viernes, 2 de julio de 2010

Primer aniversario

29 de junio de 2010, Barajas, esperando a embarcar en el avión que me llevará a Londres después de una noche corta y un largo (y por una vez provechoso) día de reuniones en Madrid. Por todo equipaje llevó un maletín con un libreta, un boli Bic, tarjetas de visita, un libro de relatos de Bolaño, mi pijama, mi cepillo de dientes, una muda, una corbata y una camisa. He podido adelantar mi vuelo de regreso y llegaré a las once de la noche de este martes.

Y entonces caigo en la cuenta.

29 de junio de 2009, sólo hace una semana que he vuelto de Estados Unidos. Casi a media noche llego a Gatwick con dos maletas para instalarme indefinidamente en Londres y empezar el 1 de julio mi nuevo trabajo. Me pagan dos semanas de hotel; como la experiencia es un grado, Arnaud un buen amigo e internet una herramienta de gran utilidad, al día siguiente ya nos hemos decidido y el día 11 me mudo al 16 de Lloyd Street.

Un año.

Y en la misma fecha hago el mismo vuelo. Con mucho menos equipaje. Con más familiaridad. ¿Quizás en una metáfora de lo que ha sido o ha significado este año?

No lo sé. No sé cómo me siento con respecto al año pasado aquí. Ni siquiera sé si me debería sentir de algún modo con respecto a esto.

Antes de embarcar, me llega un email de la agencia inmobiliaria. Tras varios e insulsos intercambios, nos proponen un aumento del alquiler del 8% para renovar el contrato de arrendamiento, en lugar del 10% propuesto inicialmente.

Contesto que sí y subo al avión.

lunes, 21 de junio de 2010

Preguntas inverosímiles: ¿Retrete o urinario?

Es un problema universal. O al menos yo lo entiendo así (si es que un problema que afecta a algo menos de la mitad de la población mundial puede calificarse de esta manera).

Todos nosotros (uso el masculino plural no como forma general del plural, sino porque me refiero aquí al subgrupo de población de ese género) pasamos por ello. A diario. Es un hecho ampliamente constatado que los varones orinamos de pie la inmensa mayoría de las veces. Haciendo un cálculo rápido con unas hipótesis simples (3.000 millones de hombres en el planeta, con una actividad miccional media de dos veces al día, hacen más de dos billones anuales de idas al baño para cambiar el agua al canario), apercibimos la magnitud del asunto. Y sin embargo no existe una solución universal a este problema, asevero. Examinémoslo detenidamente.

Aunque requiere de ciertas nociones de física para su total comprensión, el problema es en realidad bien simple: el hombre muy habitualmente tiene dos opciones cuando se dispone a hacer aguas menores y debe tomar una decisión crucial, elegir entre un retrete clásico o un urinario de pared. ¿Cuál es pues la mejor elección?

Existen múltiples variables a tener en cuenta, tales como:
1) La privacidad. Los retretes suelen tener puertas (puesto que también se usan para hacer número 2) y por tanto posibilitan un aislamiento que permite a los más tímidos evitar contacto visual con los demás compañeros en el alivio de la vejiga y ahorrarse las subsiguientes y siempre odiosas comparaciones. Por añadidura, el relajo muscular y mental que se experimenta al evacuar el dorado líquido que hemos estado conteniendo casi toda la mañana, puede generar ventosidades sobrevenidas; y si bien es cierto que no hay lugar más adecuado que un baño para ventilar el sistema digestivo, a mí me sigue violentando tocar los primeros compases de un pasodoble si hay público delante. Más que nada por si desafino. Un punto para el inodoro clásico.
2) La discreción. El retrete suele tener un fondo de agua que emite ruido cuando es golpeado por un flujo en caída libre, pudiendo, a pesar de la puerta cerrada evocada en el punto anterior, despertar a los vecinos o simplemente revelar información sobre nuestra pauta de descarga. Existe una solución que requiere destreza y atención: apuntar con el chorro a la parte del inodoro por encima del agua. Sin embargo por comodidad, daremos este punto al urinario de pared.
3) La limpieza del lugar. Es básicamente una cuestión de puntería, como nos han dicho siempre nuestras madres y/o parejas. Es cierto que es muy difícil salirse de un urinario de pared; en cambio, dejados llevar por algún pensamiento metafísico, con un simple movimiento de caderas, se puede poner el retrete perdido. Cierto que esto puede achacarse a una falta de concentración, pero en ciertas ocasiones es simple física: es muy sencillo mantener el chorro en equilibrio cuando el flujo está establecido y en régimen laminar; sin embargo al inicio y al final de la operación, la potencia de disparo no es tan sencilla de controlar y el fluido está todavía en régimen turbulento, lo cual no ayuda precisamente a prevenir esas gotas rebeldes que terminan casi invariablemente en los bordes de la taza, en el suelo, en el bote de la escobilla, o incluso en la pared. En estos casos, está claro que el urinario de pared ofrece mejores prestaciones, de manera que otro punto para el señor.
4) La limpieza del usuario. De manera proporcional a la altura del sujeto (o más bien de la sujeta), el líquido elemento adquiere una mayor velocidad en el momento de golpear la superficie de ese fondo de agua al que nos hemos referido antes. Incluso aunque sigamos los consejos del punto 2 y golpeemos en la Roca, la energía potencial del chorro, ya convertida en cinética en el momento del impacto, provoca unas salpicaduras nada desdeñables que tienen la incómoda y cabrona tendencia a saltar hacia arriba, redundando en el efecto número 3 pero además poniendo en peligro la pulcritud y limpieza nuestros pantalones. En un urinario de pared, el impacto en la superficie del mismo se produce a una altura muy próxima al extremo del miembro, con lo cual la energía cinética acumulada por el fluido es mucho menor (es decir, no le ha dado tiempo a acelerar en sentido vertical). El único inconveniente de esta opción es en casos de caudales muy potentes, en los que se debe prestar atención y apuntar en oblicuo para que no terminemos con camisa y corbata llenas de lamparones. En este caso, el urinario también es mejor opción y se lleva un tercer punto.
5) La última gota. Como muy bien asevera la cultura popular, por mucho que hagamos, la última gota caerá dentro del calzoncillo. No obstante, más vale una gota que cien. Y por eso los hombres tenemos un gesto casi innato al terminar de mear: sacudírnosla enérgicamente (ojo con esto, porque otro aforismo de la cultura popular, en este caso valenciana, asevera que espolsar-se-la més de tres voltes és masturbació, y aunque yo soy un ferviente seguidor del padre Onán, no es cuestión de liarse cada vez que uno va al baño). Al margen del peligro de salpicaduras que tiene la operación de sacudida, es seguro que la última gota se queda donde no debe. Y ahí entra en juego un accesorio de inigualable valor, uno de los mayores inventos de la humanidad: el papel higiénico. No sin habilidad adquirida por años de práctica y con un preciso juego de muñeca, se coge un trozo del maravilloso invento y se puede eliminar esa última gota odiosa. Lo cual nos lleva a darle otro punto al retrete original, puesto que al contrario que en los urinarios de pared, en ellos sí se encuentra (generlamente) papel higiénico.

Así pues ¿retrete o urinario?

Estudiando detenidamente todos los factores esto parece, amigos, un problema indisoluble, puesto que no hay opción claramente superior. Básicamente el urinario de pared ha ganado por 3 a 2 en este partido. Pero si lo usamos, no sólo nos arriesgamos a recibir un golpe moral cuando compartamos pausa-pipí con el Rocco Siffredi de la oficina, sino que además, invariablemente terminaremos con la dichosa gota en los calzoncillos.


Nota: Aunque no es costumbre en esta sección dar respuesta a las preguntas que se plantean, en aras del progreso de la humanidad (o una mitad de ella) me atrevo a proponer una solución a este rompecabezas. Para ello he tomado la opción ligeramente superior, la del urinario de pared, y he intentado mejorarla para eliminar sus deficiencias, a saber:
a) para poder peer con tranquilidad deben equiparse los baños de un hilo musical con un nivel de volumen superior al de una clínica de dentista.
b) para evitar las odiosas comparaciones, una doble medida: poner mamparas entre urinarios, como ya hay en algunos baños, y atenuar la luz para dificultar la visión del miembro del prójimo.
c) para eliminar la última gota, propongo instalar rollos de papel higiénico al lado de cada urinario

¿Alguien sabe cómo se solicita una patente?

sábado, 19 de junio de 2010

Mi nuevo juguete

Tengo un nuevo juguete. Desde hace un par de meses poseo una bicicleta. Una Charge Plug modelo 2008 en bastante buen estado, comprada de segunda mano, por menos de la mitad del precio original a alguien que posiblemente la había robado. Aquí va una foto de catálogo de Antonia, la misma que tengo de fondo de pantalla en mi teléfono móvil:

Me decido a escribir este post porque esta semana, por primera vez desde que la tengo (mediados de marzo, justo antes de ir a Colombia), he ido a trabajar todos los días en bicicleta. Pertrechado con mi casco y una cazadora rojo chillón, tardo unos 20 minutos en hacer el recorrido entre la puerta de casa y el garaje de la oficina por un recorrido que evita al máximo calles concurridas.

Es justo lo mismo que tardo en tube, pero con menos calor y apretones, y ahorrándome los ₤1.80 por trayecto (a este paso, cuando la haya usado unos 60 días, estará amortizada). Además, me da el aire, me despierto por la mañana y hago incluso un poco de ejercicio – la cantidad mínima diaria recomendada por Fuster para evitar problemas cardiovasculares y de cualquier otro tipo.

Lo cierto es que al principio estresa un poco circular en bici por Londres, pero uno se acostumbra rápido. Sobre todo porque hay muchísimas bicis que hacen legión y los conductores motorizados están acostumbrados. Realmente hay una cantidad de ciclistas impresionante, algo que nunca había visto antes. Según Transport For London, se hacen 500.000 desplazamientos diarios en velocípedo, lo cual tiene su coste también en número de víctimas (nueve en 2008).

Parece ridículo que en una de las capitales menos planas, con peor tiempo, más extensas y con un excelente servicio de transporte público, la bici tenga tanto éxito. Por supuesto todo a la manera anglosajona: nada de carril bici dedicado ni, por ahora, sistema de bicis en préstamo del ayuntamiento (como por ejemplo en París, otra gran urbe ciclista), sino calzada compartida y reducción de impuestos para las compras de bicis de particulares. Y aun así sigue siendo un éxito. Imagino que los factores desencadenantes son el alto precio del transporte público o la densidad de tráfico en el centro.

Además, este medio de transporte no sólo permite conocer mejor la ciudad que el impersonal y autista metro, sino que sirve también para moverse en fines de semana y por ocio. Véanse por ejemplo aquí abajo unas imágenes de una excursión de domingo por Regent's Canal con Arnaud.


Hay algunos inconvenientes logísticos a todo esto.

La transpiración: aunque mi recorrido mañanero sea de bajada y no vaya excesivamente rápido, generalmente se transpira un poco. Tras varias pruebas y pese a las duchas que hay en la ofi, lo más práctico resulta ser ducharse justo antes de salir, ir a una velocidad moderada y cambiarse (sin ducha) en la oficina. Para ello tengo una taquilla arriba donde dejo un traje y algunas camisas. De momento los compañeros de desk (pupitre) no se han quejado, y eso que estamos realmente próximos unos a otros.

El alcohol: en una sociedad en que el alcohol es prácticamente la única forma de interacción social, no es raro terminar las jornadas de trabajo con una (o varias) pintas en el pub de la esquina. La vuelta a casa con dos litros de ale entre pecho y espalda se hace más cuesta arriba si cabe de lo que orográficamente ya es, no sólo por el peso del dorado líquido en el estómago sino también por el efecto de su componente alcohólica sobre la motricidad general. Tampoco he visto de momento controles de alcoholemia a estas horas, lo cual no es de extrañar, porque la poli también tiene derecho a emborracharse al final de cada jornada laboral, como todo hijo de vecino (inglés). Pero esto es materia para otro post.

El atuendo: procuro rodar en vaqueros y zapatillas de calle (la mayoría de los ciclistas londinenses van en ridículas mayas, chándal o pantalones cortos; y sólo unos pocos con mucha clase y aun mayor vestuario se permiten pedalear en traje de faena con corbata y todo), con lo cual mi look es relativamente decente, pero es cierto que si se tercia una salida a cenar, espectáculo o fiesterita un poco especial, no está uno en sus mejores galas para el acontecimiento. En estos casos es un poco coñazo porque dejo la bici en el curro y salgo en traje, y al día siguiente hago el cambio inverso en la oficina.

Finalmente, poder ir a trabajar en bici es un auténtico lujo para el particular, y también contribuye a aliviar el tráfico motorizado y todas sus externalidades negativas, beneficiando así al conjunto de la comunidad. Los únicos ligeramente perjudicados sean quizás las compañías petroleras y constructores de coches (qué pena), así como los conductores que deben aprender convivir con otros animales en la calzada. Me parece que no sólo es loable, sino también necesario que las autoridades (ya con métodos liberales anglosajones o a la manera colectivo-social europea) potencien el uso del ciclo como medio de transporte de masas núcleos urbanos.

En clave más local, es imperdonable, rayano en el pecado (para que me entiendan en la corporación municipal) que una ciudad como Valencia, con un clima magnífico, un tamaño ideal y una orografía perfecta para implantar este medio de transporte, se haya dedicado a potenciar el tráfico motorizado con la construcción de carísimos aparcamientos subterráneos, y haya despreciado la bicicleta durante las casi dos décadas que dura el reinado de Rita Barberá. Londres, Paris, Barcelona (incluso la improbable NYC) ya se han puesto con esto; Valencia con su complejo de inferioridad crónico llega tarde y seguramente mal. Seguimos esperando.

miércoles, 2 de junio de 2010

Tips: karaoke en el Royal Opera House

Estoy en el avión de Venecia a Valencia, vía Madrid. Tras un mes y medio sin escribir nada en el blog, acabo de escribir la nota anterior sobre mi visita poco más que de cortesía a La Serenísma. Y lo hago encajonado en el 22F del A319 de Iberia, al lado de la ventanilla, con las rodillas casi incrustadas en el asiento de delante y una pareja durmiendo a mi izquierda. Y lo hago con los auriculares puestos, escuchando una magnífica versión de La Traviata por la Callas que regalaron con El País hace unos años.

Probablemente el escándalo de un avión en viernes por la tarde sea uno de los lugares menos indicados para asistir a la emocionante transformación de la socialita, epicúrea y díscola Violetta en apasionada, amantísima y campestre pareja de hecho de Alfredo - como dice Zapatero, hay muchos tipos de familia.

Y todo porque el lunes pasado estuve con mi amiga Mónica en el Royal Opera House viendo por tercera vez esta ópera (las dos anteriores en el Met de NYC). No puedo evitarlo, esta ópera me encanta. Ya no lloro, pero cada vez que la veo se me erizan los pelos con la pasión inconvencional de estos dos pollos. Pero lo más fuerte son las ganas de bajar del gallinero a dar de hostias al padre de Alfredo, por manipulador, metomentodo, conservador, destroza-hogares, inconsciente y egoísta. Sus disculpas del último acto nunca me convencen; ni siquiera compensa tanta mala baba y torpeza su impresionante Di Provenza il mar, il suol del segundo acto.

En esta ocasión además, por £6, (la entrada nos había costado uno £10) fuimos a la sing-along session anterior a la ópera. Yo no tenía ni idea de qué era. Imaginaba un pequeño comentario sobre algunas piezas, explicando detalles artísticos y, eventualmente, ver a los intérpretes ensayando. Pues no. Se trataba de un karaoke lírico. El director del coro de la ROH nos dio las partituras de algunos coros de la obra y nos explicaba, piano en ristre, cómo cantar los pasajes. Y luego, a repetir hasta que salía bien.

Allí la todo el mundo estaba con muchas ganas y casi todos tenían mucho nivel. Yo en cambio no sabía dónde meterme. A mí, que con diez años, en primer curso, me echaron del conservatorio por inútil, que cuando canto en la ducha mi hermano aporrea la puerta para que deje de destrozar la canción, y aquella gente pidiéndome que cante en el ROH… ¿es que no saben lo que les podría haber pasado?

Cuando los coros nos salían decentemente, el director llamó a los intérpretes de la ópera, que se plantaron enfrente de nosotros y, acompañados por el piano, ejecutaron pasajes más amplios en los que nosotros interveníamos con lo practicado justo antes, haciendo las veces de coro del elenco principal. Increíble. Os aseguro que después de algo así se asiste a la ópera de otro humor y con otra actitud.

Como dice un amigo mío, en estas cosas se reconoce a una sociedad avanzada, educada, con un nivel de progreso superior. Nos guste o no, aun tenemos mucho que aprender de los anglosajones. Tomemos lo positivo de ellos y dejemos de construir continentes impresionantes para luego no acertar con el contenido o siquiera asegurar su simple funcionamiento. De esto sabemos un rato en Valencia.

sábado, 29 de mayo de 2010

Venecia: sarna con gusto

Saliendo de Londres el miércoles de la semana pasada, el itinerario que estoy completando en dos semanas, hasta el miércoles próximo, es Londres-Madrid-Barcelona-Valencia-Londres-Venecia-Valencia-Madrid-Londres. Con sólo dos días de parada en lo que se supone es ahora mi casa.

Aunque a mi me encanta moverme, tanto viaje de trabajo es un poco coñazo, la verdad. No consigo pasar tiempo en mi casa, lo cual hace más difícil que sea mi casa, y vuelta a empezar, en un círculo vicioso que habrá que romper en algún momento.

Al menos hay un par de cosas positivas en tanta itinerancia. La primera es que por primera vez desde Navidades habré pasado por mi otra casa, Valencia. La segunda es que el trabajo me ha llevado a la Ciudad Ducal.
En uno de esos regalos que a veces nos hacen las empresas, se ha organizado en Venecia un encuentro de todas las filiales del grupo EDF que trabajan el mercado del gas (algo nuevo para el grupo, que se hace poco y mal, pero que deviene estratégico en este contexto de apertura de mercados y globalización en el que nos hemos - o nos han - metido últimamente).

Magnífico workshop el que han montado nuestros compañeros italianos, reservando un ala entera de la isla-hotel San Clemente para escuchar conferencias y conocer homólogos y allegados en otras partes del grupo. Sólo me ha faltado llevarme el bañador para poder darme un chapuzón con la casi luna llena del jueves.

La Serenísima es, según dicen, una ciudad que enamora a primera vista o que decepciona inmediatamente. Conocí la ciudad en 2003, en un viaje romántico en pleno verano, con excesivo calor e infestada de turistas. Subyugado por su magia, no noté ni malos olores, ni insectos, ni suciedad. Me conquistó para siempre. Quizá también por mi carácter algo marino, por el atractivo no ya de vivir cara al mar, como hacen Marsella o Barcelona, sino literalmente en él, por ser mar.
Sus enrevesadas callejuelas peatonales, donde todo es piedra, sus pequeños y poco prácticos canales que se cruzan en el camino a cada paso, la necesidad del barco para todo (sólo hay tres puentes, Dios nos libre del de Calatrava). Antiguos palacios y mansiones de techos altísimos, con una puerta a la calle y otra al canal colindante, a su propio embarcadero. La relativa paz que se puede encontrar alejándose de la piazza San Marco o en las otras islas. La Historia - nótese la mayúscula - que se respira en todos los rincones, la decadencia tranquila pero orgullosa que transpira. Y tantos otros motivos para que esta ciudad nos encante, nos hechice, valen la pena esos 14 días nómadas que me estoy chupando.

Nota curiosa: en 2003 compré mi primera corbata aquí, en un mercadillo al lado del puente del Rialto. Es morada, me gustó mucho y era muy barata. Recién salido de la escuela, trabajando de ingeniero de verdad, no llevaba traje nunca. No usé esa corbata hasta 2006, ya de vuelta en España, donde el más que clásico (quiero decir rancio) estilo de la Villa y Corte impone la corbata para trabajar cara a un ordenador todo el día.

Pues bien, esta mañana me he dado cuenta de que llevaba puesta esa corbata. Curioso. Cómo cambia uno y sus circunstancias en siete años. Esa corbata es casi lo único de mí que ha vuelto a Venecia esta semana. Ah, y el hechizo también.

Esta visita relámpago ha sido a todas luces insuficiente. Volveremos. Ya tengo curiosidad por saber qué yo y qué circunstancias visitaremos Venecia la próxima vez.

domingo, 11 de abril de 2010

Paris no se acaba nunca, o un siempre en el jamás

Una de las cosas más positivas de mi trabajo es que me permite ir a París regularmente. No se trata del hecho de viajar en sí, que puede ser interesante un tiempo pero que intuyo terminará cansándome. Se trata de mantener mínimamente la conexión especial que llegué a crear con París en los años en que viví allí (y por supuesto disfrutar de mi hermano Jaume de vez en cuando).

Cuando llego a París y es un día soleado, como este mismo viernes, lo primero que noto es que al aire es distinto. Diría que sus propiedades físicas (humedad, densidad, temperatura, etcétera) son particulares, haciendo que en la piel se sienta distinto de cualquier otro lugar, que en el pecho se note un tenue placer que invita a respirar más hondo.

Tratando se ser menos abstracto, parece que huele diferente (y no me refiero al agua que usan para limpiar las calles, ni a las mierdas de perro que cada vez menos pueblas sus aceras, ni siquiera a que pase cerca uno de esos raros franceses que verifica el estereotipo de la ducha poco frecuente). Incluso la luz cambia: ese sol fresco, pequeño, con un perfil casi nítido enmarcado en un cielo de un azul subido, y que hace casi amarillas las fachadas sucias de pierre de taille, luce con brillo casi mate, que acaricia suavemente la piel y anula la bofetada del frío o el viento.

Ir a París es bueno para mi humor. Repetir hábitos de mi época allí me desata vibraciones positivas. Por los lugares y por la gente que quise y todavía quiero. Tanto, que repito religiosamente rutinas pretéritas cuando tengo la mínima oportunidad.

Repito el paseo alrededor de mi casa, incluso entro en el edificio, atravieso la cour, y me quedo contemplando desde seis pisos más abajo la chapa abuhardillada que me servía de fachada sur. Siguiendo los consejos de mi hermano, no me atrevo a entrar. No quiero ver el apartamento por dentro pese a que vive un amigo suyo que me dejaría hacerlo. La magia se rompería.

Repito la ceremonia de tomarme el suave y cremoso millefeuille del Moulin de la Vierge. Dios sabe (o no) cuántos de estos han caído en los cuatro años y pico que viví en el 43 Bd Garibaldi - a precio de oro, eso sí.

Repito el paseo que hacía con las visitas saliendo de mi casa en dirección a la Torre Eiffel, y dando la vuelta a París en el sentido de las agujas del reloj, invariablemente hechizado por la belleza burguesa, siempre correcta, casi aburrida, de la ciudad. La última vez que lo hice fue en Noviembre, con mi amigo Guillermo. Saliendo desde casa de mi hermano, hicimos una ruta que finalmente incluyó dos de los habituales paseos: en un día hicimos un tour de París de unos 20 km. Al final creo que terminamos con un principio de tendinitis, por brutos. En su día reproduje el recorrido (sin incluir todas las vueltas para entrar en placitas, patios, tiendas).

Es curioso como algunos automatismos no desaparecen nunca completamente. Sin ir más lejos, el viernes pasado, volviendo a París de una reunión en Clamart (justo donde yo trabajé en mi última etapa en esa City), al llegar en metro a Montparnasse, en lugar de ir hacia casa de mi hermano, tomé la línea que va a mi antigua casa, no dándome cuenta del error hasta haber salido en la estación de Sèvres-Lecourbe. Ya puestos me di el paseo arriba mencionado, como siempre sin subir las escaleras de mi ex-casa e incluyendo el esponjoso millefeuille del Moulin – del que tomé esta imagen.

Puede que esta nostalgia positiva no sea sino un complejo de Peter Pan disfrazado, un miedo a crecer, es decir, a la muerte, empezando manifestarse tempranamente (no tengo ni idea de psicología, pero en sociedades donde la esperanza de vida es superior a los 80, parece un poco ridículo que a los 30 afloren estas cosas). Puede que este sentimiento sea negativo, contraproducente, paralizante; que boquee otros, que me impida sentir lo mismo en Londres. Puede.

Yo por ahora prefiero pensar que París es para mí un toujours dans le jamais de los que Paloma, la niña de 13 años de ese tratado de Estética que es L’élegance du hérisson, descubre como motivos supremos y suficientes para vivir.

Nota: la primera parte del título de este post no se puede considerar un plagio-préstamo del estupendo libro homónimo de Vila-Matas, puesto que sigo sosteniendo que esa frase rondaba mi cabeza tiempo antes de la publicación de aquel. En la segunda, evidentemente traduzco a Muriel Barbery.

Nota: no crean los lectores que he olvidado mi compromiso de continuar el relato de mi viaje a Colombia. Como bien saben, este blog se escribe por impulsos, cuando y donde surge la necesidad: en aeropuertos, buses, trenes (como ahora), en casa o de paseo. Para los más exigentes, e incluso para los provocadores: llegará pronto.

Preguntas inverosímiles: Precios en los libros, discos o películas

¿Se han dado cuenta de que en librerías, tiendas de discos o de dvds la etiqueta del precio siempre tapa la reseña del libro, el resumen de la película o la lista de canciones del CD? Generalmente éstos sólo ocupan una pequeña parte de la contraportada. Aun así, ¡paf!, invariablemente el precio está justo en medio, impidiendo conocer el argumento del libro o de la película. Es como si una mano diabólica, de una mala leche exorbitante, hiciese a propósito para que el cliente tuviese que usar cuatro dvds o libros para leer enteramente de que va el producto que quiere comprar.

Lo peor de todo es que esto es una epidemia internacional: ocurre en el Corte Inglés, en la FNAC Madrid o París, en los Borders o HMV londinenses e ¡incluso en la librerías Panorama de Colombia!

¿Quién está detrás de esta conjura internacional de las pegatinas que aumenta la mala leche y dificulta la compra de lectura, cine o música con todos los datos necesarios? ¿Es tan difícil poner la pegatina del precio en un sitio donde no moleste?